DEFENDER LA VIDA NO ES CUESTIÓN DE IDEOLOGÍA O RELIGIÓN
Por: Adriana Pacheco Leyton, Máster en Bioética
El debate sobre el derecho a la vida en estos días, se ha vuelto muy duro pero imprescindible. La idea de un mundo libre de restricciones parece ganar terreno, sobre todo cuando se habla de ciencia o de progreso. Tal parece que defender la vida va en contra de este mundo ideal en que la igualdad es la abanderada de todos discursos progresistas; minimizando la realidad de que defender la vida, garantiza la defensa de los demás derechos fundamentales, e incluso la tan ansiada igualdad.
La vida, desde la concepción hasta la muerte natural, se ha vuelto más vulnerable sobre todo en los entornos ideológicos. El riesgo del reduccionismo antropológico de negar derechos a los no conscientes (niños por nacer, enfermos terminales, etc.), trae consigo el desprecio por la naturaleza humana si en ella no hallamos autonomía de la voluntad.
Siguiendo esta línea, el utilitarismo dará entoncesprioridad de derechos a quienes reclamen sus “derechos del deseo”de manera irracional y sin sentido, viviendo una realidad construida al capricho de la civilización de la técnica, que se cierra a la moral y al diálogo.
Es por ello necesario replantear el discurso en medio de tanta confusión: algo tan simple como reconocer el significado propio de la dignidad humana como inherente a todas las personas, nos llevará a defender la vida en primera instancia y, en consecuencia defender los demás derechos fundamentales como el derecho a la integridad personal, a la igualdad, a la libertad, entre otros sin tener que depender de banderas políticas de turno.
El reto de defender la vida es continuo y constante, trasciende cualquier ideología, política, cultura e incluso religión. De no hacerlo, estaremos dejando que gane la ceguera que aqueja a la modernidad, la que hace difícil discernir entre el bien y el mal, respetar la vida o matar.